sábado, 21 de mayo de 2011

Kilómetro cero

Ssssssss... un poco de respeto, que estoy reflexionando...

Hoy seré breve, porque el horno no está para bollos. Que nadie malinterprete, eh, nada de demagogia. Quiero decir que estoy muy cansado como para escribir. Hoy simplemente quiero lanzar al aire un deseo sincero y profundo, desde el cariño y la mayor o menor perspectiva que me dan los años que tengo. Deseo de todo corazón que mañana la Puerta del Sol quede desierta y que el motivo sea que los colegios electorales no dan abasto porque, por una vez en la vida, a tod@s nos ha entrado un ataque agudo de ciudadan@ y hemos ejercido nuestro derecho al voto. No dudo de la esencia de todo lo que se está removiendo en las calles y en las conciencias, pero todo se queda en agua de borrajas si no somos capaces de trasladar nuestro desencanto a un marco legítimo. La desobediencia civil transita en una delgadísima línea que separa el ser "anti-algo" del ser "pro-algo", y colgando de esa delgada línea pueden estar los derechos legítimos de los demás.

Y la clase política ha de quedar avisada, y por supuesto que los medios han de hacerse eco de la situación, pero no habrá mayor castigo o premio en su caso, que el que dictaminen las urnas a partir de mañana. Eso sí, si para expresar el descontento pensamos derribar muros opresores, que nunca se nos olvide que a algún inocente le puede caer un ladrillo sin comerlo ni beberlo. Y tampoco hay derecho a eso, francamente.

domingo, 15 de mayo de 2011

Birlibirloques

Como el Guadiana, ahora sí, ahora no, así son mis incursiones en el blog. Esto de escribir tiene algo de inexplicable, intangible e incantatorio. No se te ocurre nada y de repente, te sorprendes repiqueteando en el teclado, dejando que fluyan las palabras y desnudándote de nuevo a los ojos de los posibles, probables y bienintencionados lectores. Como por arte de magia...

... así aparecen y desaparecen sin motivo aparente. Y es que el ser humano siempre se ha distinguido por buscar explicaciones a los fenómenos y a los acontecimientos de este devenir que llamamos "vida". La ciencia como bálsamo de la conciencia, un respiro al mar de dudas que nos envuelve. Queremos saber el porqué de las cosas, y nos quedamos más anchos que largos pensando que cada teoría, cada axioma, en fin, cada simple y lógica explicación hará que nuestra existencia sea más plácida y tranquila. Sin embargo, a mí me sigue gustando pensar que algo se nos escapa, que el infante que llevamos dentro tiene necesariamente que aflorar y dejar que gocemos con el misterio, la sorpresa, los trucos y los encantamientos.

Porque todo tiene truco, y ya sabemos que explicado el truco, la magia pierde su esencia. Pero aún así... no se, llamadme romántico. Pensad un momento, qué se yo, en el funcionamiento de nuestro organismo. Nuestra actividad está condicionada y regida por el cerebro, que dicta órdenes, reflejos, respuestas a estímulos, y hace que todo encaje y que cada engranaje se mueva en la dirección y velocidad adecuada. Desde el latido del corazón al derramar de una lágrima. Pues bien, aunque sabemos que somos un organismo pluricelular sumamente complejo y estrucuturado en tejidos altamente cualificados y especializados, resulta que la chispa que enciende la mecha es precisamente eso, electricidad pura y dura, electrones que establecen diferencias de potencial en las membranas de las neuronas, que a su vez establecen conexiones sinápticas a velocidades de vértigo y en cantidades industriales. Energía pura y dura, sin más. Y un electrón es un electrón en una membrana celular y en un enchufe. Y ya está, explicado queda... vale, puede que os de igual, que os conforme y os conforte, pero a mí, bufffffff, me parece una absoluta pasada, y de verdad que se me escapa que ese proceso tan absolutamente lógico desemboque en algo tan dispar como una contracción muscular, los sentimientos, los sueños o una simple diarrea.

No os digo nada si me meto en temas genéticos. Hoy en día los científicos han conseguido "fotografíar" el mapa genético, diseccionarlo incluso, aislarlo, mutarlo... Estamos hablando de una hélice enrollada sobre sí misma, amalgama de compuestos protéicos que vienen a dictaminar si seremos rubios o morenos, gordos o flacos, del madrid o del atleti, en fin, todo nuestro ser y parte de nuestras circunstancias. Y no sólo eso, hemos llegado a saber qué pequeño trocito es el que hará que cada característica concreta se exprese visual y orgánicamente. Al menos eso estudié yo, vaya. Genes. Porciones borrosas de un filamento grumoso y borroso que se enrolla y conforma un cromosoma, que baila una polka con otros 22, bueno, en algún momento llegan a ser 23 parejas de baile (a veces alguno se despista, ¿verdad hijo?). Y ese fiestorro en cada célula de nuestro cuerpo, durante toda nuestra vida. Proteinas, porque son proteinas. Y unas proteinas nos hacen ser así o asá... bufffffff, a mí se me escapa. Eso sí, había que poner todo lo anterior en el examen, con tal de aprobarlo.

Ya os digo que me gusta mantener un cierto punto romántico a la hora de explicar los fenómenos, y no se le hace ningún mal a nada ni a nadie dejando que parte de las explicaciones y razonamientos que tenemos que dar en nuestra vida estén teñidas con algo de misterio o ingenuidad. Destino, deja vú, dios, éter, aura, chacra, energía, vibraciones, meigas, trasgos... magia. Nada por aquí, nada por allá. Tachán, tachán. Que sí, que tenemos una buena explicación, una gran explicación que nos garantiza seguramente un 99% de tranquilidad mental, pero lo que verdaderamente nos remueve y no nos deja impasibles es ese 1% restante, gracias al cual somos capaces de emocionarnos, entusiasmarnos, sorprendernos, abrir la boca y ooooooooh, hay que ver que cosas más evidentes suceden a mis ojos, y qué fantásticas a la vez.

Eso sí, sin ninguna duda, el mundo de los alimentos nos ofrece una innumerable lista de fenómenos extraños, procesos químicos complejos y transformaciones cuasi paranormales, y todo ello perfectamente resuelto y comprobado por la ciencia. De hecho, ese binomio ciencia-cocina es claramente evidente en nuestros días, en los que lo culinario ha traspasado las fronteras de lo meramente comestible para adentrarse de lleno en las propiedades de las materias primas y sus innumerables posibilidades de transformación. La técnica al servicio de la emoción. Conocemos mejor lo que comemos, lo cocinamos de manera más adecuada y lo consumimos con un cada vez más elevado nivel de exigencia. Y sin embargo, a mí me sigue pareciendo fascinante y mágico todo lo que rodea a los fogones, más cercano a la alquimia arcaica o a los encantamientos merlinianos.

Y lo voy a ejemplificar con un pequeño homenaje a una de las salsas cumbre en la historia de la humanidad, universalizada y ampliamente versionada. Aparentemente sencilla en sus componentes, pues la mahonesa o mayonesa (existe todo un estudio y debate abierto sobre qué término ha de usarse para referirse a la susodicha emulsión) no consta de una innumerable lista de ingredientes, pero es sumamente compleja de elaborar, pese a que la práctica más o menos industrializada demuestre lo contrario. La esencia del asunto es ligar o emulsionar una proteina con una grasa, o dicho de otra manera, huevo con aceite. Hablamos de mezclar una masa más o menos gelatinosa, debido a la albúmina de la clara, con un núcleo altamente nutritivo que sería la yema; y a este complejo entramado lipoproteico de tan mala fama injustificada (el huevo no es dañino en sí, sino más bien la tendencia a prepararlo con un exceso de grasas) se le ha de añadir un componente líquido denso y untuoso, de distintos orígenes vegetales. Y esta añadidura ha de hacerse con paciencia, gota a gota, a lo sumo fino hilo graso que se ha de integrar en un todo que, batido siempre en la misma dirección y misma velocidad hará que de repente, en un instante en el que se para el tiempo y se hace creíble lo increíble, por arte de birlibirloque la emulsión comienza a atascarse y espesarse, dando como resultado una textura y color completamente distintas al de sus componentes en origen. Una crema sumamente espesa y untuosa de color blanquecino, acompañante perfecto de otros alimentos y sublime simplemente encima de un simple trozo de pan. He obviado la existencia de aditivos como la sal, limón o vinagre, pues digamos que el interés que suscita en mí la mahonesa viene derivado precisamente de la emulsión en sí, de la conjunción de moléculas tan distintas para dar lugar a tan sorprendente resultado.

Y bien es cierto que la ciencia nos ha explicado paso por paso qué es lo que sucede en el proceso para que que un huevo y aceite se transformen juntos en un resultado radicalmente distinto al de sus ingredientes iniciales. Pero ya os he dicho, que me gusta mantener ese componente iluso y romántico, liberarme de tanta explicación racional y disfrutar de lo que acontece ante mis ojos, recuerdo de aquella primera vez que hice una mayonesa siendo un niño, nervioso como estaba mientras veía cómo aquel líquido amarillento al que añadía con paciencia oro líquido, se transformaba por arte de magia, en un instante único e irrepetible, en una mahonesa espesa y brillante, incitadora y tentadora como ninguna otra salsa en el mundo.

En cocina todo sucede así, afortunadamente con una explicación razonable que nos ayuda a hacer mejor las cosas, a comprender mejor los procesos y en definitiva, a cocinar mejor y degustar mejor. Pero lo que nos hace verdaderamente disfrutar como niños es ese 1% que nos reservamos para abrir los ojos como platos, soltar un "ooooooooh" de asombro y cerrar los ojos mientras masticamos y tragamos pensando, simple y llanamente que lo que comemos nos sabe a gloria, y que no pararíamos nunca de mojar pan en mayonesa, corriendo claramente el riesgo de sufrir un empacho, indigestión o quizás un episodio severo de salmonelosis aguda. No os precupeis, que para eso está la ciencia, para diseñar sales de fruta que, una vez más por arte de magia, harán desaparecer nuestro malestar estomacal.

domingo, 10 de abril de 2011

A fuego lento

Llevo largo tiempo sin escribir nada, bien por falta de tiempo, de ganas, permiso no retribuido de las musas o simplemente, porque no me da la gana. Y hay quien me lo ha hecho saber, como si yo no me hubiera dado cuenta: "oye, que hace mucho que no escribes en el blog...". Que sí, copón (como me gusta esta palabra, así, bien dicha con rotundidad, con orgullo manchego), que me hago cargo, ya escribiré cuando... vamos... en fin... cuando sea... cuando yo TENGA LA NECESIDAD, porque de eso se trata...

Bromas aparte, me lleva rondando hace unos días el tema que hoy me ocupa, muy manido en nuestros días, topicazo del copón (ay, qué bien suena), pero que en definitiva no deja de ser una gran certeza. La presión, las prisas, este ritmo de no-vida al que estamos abocados, esa angustia que nos bloquea, que no llego, que no llego, que he llegado, pero con la lengua fuera, por los pelos y vengadeprisaquellegamostardeacualquierotrolado. Los días pasan con vértigo rutinario, fugaces y veloces, implacables en su acotación horaria (me faltan horas, me faltan) y cuando nos llega el reposo, el fin de semana, más bien lo convertimos también en el fin de los tiempos, nos inventamos otras vorágines en las que sucumbir, cerramos los bares que abrimos y dejamos para otro día el descanso y el sosiego. Para otro día... ¿para qué día?, ¿nos vemos en el tanatorio?. A fin de cuentas, también hay un bar, y que yo sepa es el que más horas permanece abierto, sin duda...

Tomás Moro fue un teólogo y humanista, que, entre otras cosas, murió decapitado un 6 de julio, el mismo día de mi cumpleaños, dato que siempre ha de recordarme que en días festivos es mejor no perder la cabeza. En fin, a lo que estábamos; este pensador de testa bien amueblada tiene en la "UTOPÍA" su obra cumbre y más universal. En la misma, imagina un estado, una isla, y la manera más ideal de organizarla, gobernarla, etc... pero lo que a mí siempre me pareció más interesante es cómo desgranaba las horas de un día, a saber: 6 horas para el trabajo, 8 horas de sueño. El resto, tiempo libre... La verdad es que le cortaron la cabeza por otras circunstancias que no vienen a cuento, pero le pillan hoy en día diciendo lo mismo, y se la vuelven a cortar, seguro. La cabeza también...

Si no me equivoco, 10 horas para ser personas, estudiar, leer, participar en la comunidad, formar una familia, incluso criarla, echar la siesta, cocinar. Dios, tendríamos tiempo hasta para perderlo. En mi caso, lo tengo muy claro, y además lo he nombrado antes: me dedicaría a cocinar. Cocinar por el mero hecho de hacerlo, por el inmenso placer que me supone meterme en una cocina y simplemente cortar unas verduras para rehogar, o liarme la manta a la cabeza, sacar la artillería y la tecnología y jugar con las sorpresas que la bioquímica nos tiene reservadas para los sentidos. Y por supuesto, con tanto tiempo, preparar esos cocidos, potes o caldos que quieren de mimo, lentitud y paciencia, guisos perpetuos que se empiezan a degustar desde el momento en que empiezan a liberar aromas. A fuego lento, asomándome de vez en cuando, destapando, removiendo, bajando un poquito más el fuego, que no hay prisas, que esto está más bueno si está tres horas, en vez de dos. Si yo pudiera hacer eso todos los días...

Hay quien dice que no existe la comida rápida, en el sentido peyorativo del término, asociando velocidad con poca calidad. Más bien, existe la comida que nos comemos rápidamente. En definitiva, una hamburguesa de franquicia conocida puede ser igual de nociva que una tartar de gamba blanca con ajoblanco de coco, si ambas dos nos las comemos como posesos en segundos, de pie, como quitándonos el trámite de encima. No es que vaya yo a defender a McDonalds y similares, pero no creo que engañen tanto a la gente, cobrando lo que cobran por la comida. ¿O es que por esos míseros euros alguien espera que la carne sea de solomillo de buey Kobe?. De hecho, en contraposición a la refinada burguesía gastronómica que muchos cocineros han propuesto como sinónimo de lujo y genialidad, existe hoy en día una marcada tendencia a recuperar elementos de la despensa como caballas, sardinas, carrilleras y otros muchos géneros etiquetados como "baratos". Ferrán Adriá ya lo relativizó en su momento, expresando que prefería antes una buena sardina a una mala langosta. Pues en este sentido tenemos que recuperar el placer por la pausa, ya sea para saludar a alguien o para comer un huevo frito. En definitiva, echar el freno, Magdaleno, y volver a disfrutar de todo lo que sea susceptible de ser disfrutado, es decir, practicamente todo.

La prisa debería ser sólo una herramienta, un recurso a utilizar cuando fuera necesario, pero nunca un modus vivendi ni una excusa para justificar nuestra infelicidad. Sin embargo, la utopía queda lejos de la realidad que nos toca vivir, y lo cierto es que las seis horas de trabajo las convertimos (con muuuucha suerte) en horas de sueño. Las diez horas de tiempo libre las transformamos en horas de trabajo y esas otras ocho horas que quedan colgando nos las pasamos en un atasco, en un supermercado, en un bar, en el médico, en cualquier parte, pero eso sí, sin parar, que no llego, que no llego... y ya me comeré cualquier cosa por el camino...

Como siempre, terminaré hablando de comida. No deja de ser paradójico, pues en ocasiones un bocado exquisito requiere de pocos segundos de elaboración, y sin embargo, también merece el tiempo necesario para ser degustado con la misma tranquilidad y pausa que nos inspira una fabada, guiso excelso que se cocina sin prisa (dicho por la abuela de la tele, eh...) y que se come con menos prisa aún. Cuando hablo con la gente acerca de la alimentación, la salud, dietas y demas, me gusta siempre decir que engordamos más si comemos con remordimiento, y añadiría, con prisas malsanas. Y ya se lo que podeis pensar, que todo esto es muy bonito pero que no hay tiempo, que la realidad dicta lo contrario, que no llego, que no llego. Al menos, no me negareis que hay que intentarlo, y que si podemos parar un momento durante el día para tomarnos las cosas con pausa, estamos obligados a hacerlo. Si es una hamburguesa, pues disfruta de tu no-solomillo, y si es una fabada, pues suerte y que no nos tengamos que ver en el tanatorio... en el bar, quiero decir...

Y si alguien os pregunta qué vais a hacer el fin de semana, os recomiendo mi respuesta favorita: la digestión.

domingo, 20 de marzo de 2011

De olores y recuerdos

Cuesta trabajo echar la vista atrás y tratar de rememorar situaciones de nuestra más tierna y primitiva infancia. Al menos en mi caso, no sabría decir con certeza cuál es mi primer recuerdo como ser humano, qué edad tenía, en qué sitio estaba, con quién... cuando intento que esas imágenes aparezcan frente a mí, casi siempre obtengo resultados vagos y difusos, nada esclarecedores. Para eso soy nefasto, lo reconozco.

Bueno, quizás un poco más adelante, con 4 o 5 años, se empiezan a tener vivencias más significativas, cercanas al ámbito escolar, las primeras amistades y juegos. Recuerdos en blanco y negro, por supuesto, de esas míticas series de dibujos animados, que supe que en realidad eran en color gracias a las colecciones de cromos. Veis, ahora me voy animando y me resulta más fácil recordar. De todos modos, y sin extenderme mucho más, lo que ultimamente me ronda en la cabeza es pensar en recuerdos que se quedan realmente implantados en nuestra memoria, sin atisbo de duda, y que, en determinadas circunstancias, afloran con suma facilidad y dan lugar a que otros muchos recuerdos vean la luz con claridad. Me refiero a la memoria de la nariz, a los olores, aromas y esencias que penetran en nuestro cuerpo y se quedan a vivir para siempre. Y si esto es cierto en cualquier ámbito y circunstancia, es especialmente notorio cuando hablamos de los efluvios que han de escaparse de los fogones y las cocinas, estancias que desde pequeño han supuesto para mí objeto de fascinación e interés.

Porque hay olores que yo elevaría a la categoría de perfume, tan sencillos y simples como absolutamente sublimes. Y cada uno tenemos nuestra memoria olfativa, fundamentada en nuestros gustos, claro está, pero seguro que en muchos casos vamos a coincidir, los que estais al otro lado del monitor y un servidor. Por ejemplo...

Es un día gris y frío, otoñal. Una mañana tranquila en el pueblo de mis padres, hace muchos años, los suficientes como para que siga existiendo un horno de leña en la tahona y confluyan en el aire el olor de panes rústicos y rotundos, cociéndose al amparo del calor que proporcionan vetustos troncos de encina. Leña quemada, pan recién hecho, aire frío y húmedo... una delicia que me transporta, no sólo a esa mañana, sino a muchas otras, en invierno o en verano, pero todas con el mismo denominador común: el olor del pan. El horno de leña dió paso a uno industrial de fuel-oil, y quizás se perdió parte del encanto, pero el caso es que cada mañana el pueblo despierta con ese olor penetrante y atrayente. Y así pasa en tantos y tantos pueblos...

Una mañana cualquiera despierta en casa, y un aroma atraviesa el pasillo desde la cocina. En una sartén de hierro fundido se están hermanando unas patatas con algo de cebolla, en el seno de un aceite verdoso no excesivamente arrebatado por el fuego, casi confitando con mimo y paciencia a la humilde pareja. Es un aroma entre acre y dulzón, intenso y profundo, anuncio de una bendita tortilla, compendio de virtudes universales, humildad y sencillez, que dan como resultado una de las obras cumbres de la gastronomía ibérica, capaz de unir a todo un país en su disfrute y de dotar de una seña de identidad común a las narices de asturianos, andaluces, vascos o madrileños. Por supuesto, la de tu madre, la mejor del mundo.

Costa del sol, verano del ochenta y algo, paseo marítimo, chiringuitos, sol, arena y un perfume en el ambiente que no deja indiferente, por intenso y rotundo. Allí están, ensartadas en cañas, sufriendo su último calvario en este mundo, Santos Lorenzos de aguas saladas, brillo plateado y escamas chamuscadas que dejan resbalar gotas y gotas de omega-3, salpicando con viveza las ascuas ejecutoras, arrebatándose con la grasa y colaborando aún más si cabe al festival odorifero que proporcionan unos espetos de sardinas. Otro ejemplo más de humildad y sencillez, incomprendida especie por lo que supone cocinarlas dentro de una casa, pero que en ese entorno playero se convierten en un manjar de dioses, marinos y no marinos.

Y es así como me resulta más fácil evocar momentos de mi vida, a través de la memoria olfativa, que con tanta rapidez y precisión despiertan en mí recuerdos de la niñez. El olor a pimientos fritos, el chocolate que se funde, café recién hecho, y una innumerable lista de aromas que, de vez en cuando, nos hacen pararnos durante un instante cuando abrimos la puerta de casa y notamos en el ambiente algo familiar y conocido, pretérito e inmortal.

Para terminar, me gustaría recordar la película de animación "Ratatouille". En la misma, un crítico culinario implacable acaba por sucumbir y alabar la labor de la cocina cuando prueba un bocado del afamado guiso de verduras que da nombre al film, simple y llanamente porque es capaz de emocionarle y transportarle a los recuerdos de su más tierna infancia. Así que relajaos, inspirad  honda y profundamente y dejad que que el aire transporte al cerebro la esencia de vuestras vidas. Cada uno sabrá cuál o cuáles son.


(a partir del minuto 4 del vídeo)

sábado, 12 de marzo de 2011

Tres son multitud

El bueno, el feo y el malo... Pepi, Lucy y Boom... tres tristes tigres, las hijas de Elena; Fauna, Flora y Primavera... rojo, amarillo yyyy verdeeee... la santísima trinidad, Tricicle; primero, segundo y postre... los tres cerditos, el trío calavera, el grupo Lalala, los tres mosqueteros (el otro era un niñato acoplado)...

Tres, un número especial, con un algo de cosmicidad y comicidad. Una cifra que marca la diferencia, que rompe la paridad, que desafía el equilibrio de las cosas, o por el contrario, equilibra extremos opuestos aparentemente imposibles de conciliar. El tres también es riesgo, pues en ese desafío que a veces supone, los seres humanos se embarcan en vorágines amatorias, triángulos bizarros de amor y odio, de lujuria incontenible e inconformismo. Lanzados en tumba abierta hacia lo prohibido e irresistible, aun a sabiendas de que el desenlace final estará escrito con renglones torcidos y borrosos, sin perdices que comer.

Pero el ser humano es así, incontenible, inconformista, puede que de espíritu ternario. Y en el mundo de la música, en el del rock para ser más exactos, encontramos ejemplos a lo largo de la historia que vienen a refrendar todo lo que estamos comentando con anterioridad. Artistas y bandas que, en formación de trío, han supuesto aportaciones geniales al devenir de la música popular. Y como resulta que la música es una de mis grandes pasiones, como ya sabeis, me gustaría hoy hacer un pequeño homenaje a esos tríos que, desafiando lo establecido y asumiendo riesgos, han demostrado que tres valen por seis.

Tendríamos que remontarnos a los benditos años 60 para encontrar al primer supergrupo de la historia. Cream apostó por el formato de trío, contando en sus filas a la guitarra con un tal Eric Clapton, Ginger Baker en la batería y Jack Bruce en el bajo. Esta tipología clásica (guitarra, bajo, batería) se iría repitiendo a lo largo del tiempo, aunque ya veremos alguna honrosa excepción. Eran años de psicodelia y experimentación, y sin duda la música de Cream destilaba ambas.

 

El gran Hendrix también apostó por hacerse acompañar tan solo de un bajo y batería para desplegar todo su arsenal de pirotecnia y efectismo, todo un precursor e innovador de la guitarra. El blues y el funk traspasaban las fronteras y se convertían en andanadas incendiarias musicales.


Ese triunvirato eléctrico en ocasiones se altera, como en el caso de Emerson, Lake & Palmer, en el que los teclados abanderan el protagonismo sonoro, con el rock progresivo como telón de fondo y con grandilocuencia casi orquestal. Fenómeno de masas, tan excesivo como fundamental.


Herederos de la tradición sinfónica y progresiva, y aún en activo, Rush es otra de esas bandas de culto que tienen en el directo su mayor activo. De nuevo se vuelve a demostrar que tres músicos en escena se bastan y se sobran para proporcionar a la audiencia un espectáculo de rock con mayúsculas, con tanto virtuosismo como energía desbordante.


Surgen nuevas bandas, ya encaminada la decada de los 70, con nuevos estilos tan dispares como efectistas. ZZ Top practican un boogie-rock genuino y contundente, y pasarán por siempre a la historia por su estética de barbas y bigotes superlativos. Tres tejanos incombustibles.


The Police irrumpieron como un huracán en el panorama musical de finales de década, como complemento perfecto al movimiento punk, tomando la energía de aquel, pero aceptando sin complejos la influencia de otros estilos. Sin duda un grupo de los imprescindibles, con una vida efímera en lo discográfico, pero con un legado más que fundamental para todas aquellas bandas que han hecho de la fusión una manera de entender la música.


Lo cierto es que los eternos 80 no aportaron nada especialmente relevante al mundo del rock, en lo que a los tríos se refiere, claro está. Es en la decada siguiente cuando hace su aparición una banda que viene a revolucionar el panorama musical, emblema de una generación incipiente, tan insatisfecha como desorientada, necesitada de una excusa para canalizar la rabia contenida y reverenciar nuevos ídolos con los que identificarse. Nirvana era todo eso, y además supuso todo un fenómeno de ventas y de masas, una vorágine de éxito que termino por devorar la figura de Kurt Cobain, tan irresistiblemente desgarrador como melancólico, y a la postre, tan frágil y desválido que acabó siendo víctima de sí mismo.


Y ya en este siglo, el trío más mediático y aglutinador, Muse, abanderados de una generación tecnológico-dependiente, insospechados en sus propuestas y espectaculares en sus directos, fieles herederos de glorias perecederas capaces de llenar estadios y de globalizar los oídos de millones de personas a lo largo y ancho del globo.


Para terminar, no quería abandonar mi paseo por el apasionante mundo del "tres en rock" sin hacer mi humilde y sincero homenaje a una banda española, Psicotropia, seguramente desconocida para la inmensa mayoría, pero merecedora de todo el reconocimiento. En ellos se entretejen con hábil maestría elementos clásicos y pretéritos del rock con tendencias y vanguardias de la más rabiosa actualidad. Honestos y fieles a sí mismos, son animales de escenario y un servidor ha tenido la suerte de comprobarlo en más de una ocasión. Y hasta aquí la odisea musical del tres. Son muchos los que se han quedado sin nombrar: Motorhead, Placebo, Primus, Green Day, Leño... para gustos, los cólores y los números. Lo que está claro es que el tres da mucho de sí, y que el trío es un formato que siempre me ha gustado. Musicalmente, se entiende...


martes, 8 de marzo de 2011

Respeto

Ya se que parece ventajista ponerme a escribir precisamente hoy, siendo el día que es, de un término tan nombrado como pisoteado. Lo cierto es que decidí darle su cuota de protagonismo unos días antes, cuando una dichosa amigdalitis aguda hacía de las suyas en mi cavidad orofaringea, poblando mis degluciones de amarguras y sinsabores, y haciendo que su majestad la fiebre obrase en mi cuerpo cual déspota ilustrado, todo para el pueblo pero sin el pueblo. 

En esas estaba yo, haciendo uso del servicio de urgencias sanitarias, e implorando a todos los dioses habidos y por haber para que, más temprano que tarde, a poder ser, un titulado y docto personaje emitiese la palabra que viniera a despertarme del febril e infecto hechizo: amoxicilina... y acabaría por oirla, pero en fin, más tarde que temprano, que así son las cosas en el maravilloso mundo de la atención primaria. Así que me dispuse a esperar y de paso observar un poco la situación: padres con niños semidormidos y febriles, recién lesionados de partidillo de los sábados, hasta un esposado con pareja de policía incorporada... y sobre todo, mucha, mucha gente mayor, ancianos solitarios sin más compañía que un bastón, miradas perdidas, bocas semiabiertas, soledades vestidas con gorra y pantuflas... personas que esperaban, como yo, ser atendidas, o escuchadas, o consoladas, qué se yo.

Una voz abrupta y muy lejana me trae de vuelta a la realidad, la de la sala de espera atestada e impaciente. Al principio no doy mucho crédito, pero sí, efectivamente: el Señor Don Licenciado permanece sentado tras su mesa, al otro lado de un pasillo que comunica con el mundo enfermo, tras unos cinco metros de distancia. A ver si yo me aclaro: mis datos han sido informatizados en admisión, optimizados según la prioridad del caso, reflejados en el monitor del ordenador de susodicho doctor... y resulta que a los enfermos nos están nombrando a voces, como un cabrero en la sierra, apoltronado en su silla, tras la mesa que está al final del pasillo de cinco metros que va a dar con una puerta que comunica con el mundo enfermo. A voces... dios...

Voces que parecen salir de la nada, ininteligibles y perdidas en el éter. Voces que un oído anciano y nonagenario no puede oir, sospecho... y confirmo. Porque aquí viene el meollo. No digo que sea probable, pero sí que posible que cuando tenemos noventa años oímos peor que con cuarenta. Y el señor que tengo a mi derecha no escucha su nombre ni la primera vez, ni la segunda... qué coño, ninguuuuuuuuno acertamos a interpretar un nombre y apellidos tras ese voceo pastoril. Y a la tercera alguien acierta a decirle "creo que le llaman a usted". Y él se levanta, mirada perdida, boca semiabierta, soledad vestida con gorra y pantuflas, y se le caen las gafas, y la cartera, y su abono-transportes, las llaves, veinte euros arrugados. Y mientras dos personas le ayudan, no ya a recoger las cosas, sino más bien a tranquilizarle, entonces es cuando aparece en escena majestuoso, el Señor Don Licenciado, que pobrecito mío, se ha tenido que levantar, avanzar cinco metros, y desde el quicio de la puerta que separa el mundo enfermo de la sapiencia, vuelve a vocear como parece que sólo él sabe hacer:
- "Señor, que venga deprisa, que le estoy nombrandooooo".
Y se da media vuelta, sin dar opción a la réplica. Total, un anciano rendido, casi en cuclillas intentando recoger su cosas, intentando controlar sus jadeos preocupantes, intentando recuperar su dignidad, resulta que debería comportarse como Usain Bolt, ready-set-go, un brinco y a correr... en fin, para rematar, casi termina metiéndose en el baño en vez de la consulta.

No dudo que fue atendido en sus necesidades a posteriori, pero pensé en ese momento: "¿por qué narices es tan complicado ganarse el respeto de alguien, y es tan sumamente fácil perderlo?". Aquel anciano merecía respeto, no por anciano desvalido enfermo, no. Lo merecía porque el respeto es de obligado cumplimiento, que se podría decir. La realidad es bien distinta, y los males del mundo pasan por una reiterada y constante falta mutua de respeto. Y es que en ese momento, cuando lo más fácil era lapidar públicamente al Señor Don Licenciado, me dió por imaginar la cantidad de veces que habría sufrido en sus carnes faltas de respeto por la otra parte, cuántas veces habría oido insultos y gritos de pacientes indignados con el sistema, impotentes, pagando el pato con el médico, lo primero que les venía a mano. Así, en todos los ámbitos, con todas las personas, en los trabajos, en los mercados, en la política... medio mundo le ha perdido casi por completo el respeto al otro medio.

Pero para eso está este blog, para encender una pequeña linterna y arrojar algo de luz. Hay dos cosas que me encantan, me apasionan, y ambas dos son capaces de unir, cohesionar, borrar fronteras (físicas y mentales) y fomentar el sano ejercicio del respeto por todo, por todos, de todos y para todos: la MÚSICA y la COCINA. Al menos, siempre nos quedará el degustar y paladear melodías y acordes, o podremos vibrar mientras escuchamos el crepitar de una cazuela que, sin prisa, con cariño y con respeto, cocina en sus entrañas un guiso sublime, que hará que todos nos juntemos en una misma mesa dispuestos a disfrutar del mismo, sin importarnos si somos médicos, policías, ancianos, Usain Bolt o amigdalíticos...

P.D.: mi más sincero y cariñoso recuerdo para los profesionales de la atención médica y, por supuesto, para el sector agropecuario, más en concreto el dedicado al noble y sufrido trabajo del pastoreo.


domingo, 6 de marzo de 2011

Pues eso...

Ayer por la noche, 39,5º... por fin tengo más de los que aparento...

Qué caramba, que estamos en carnavales y algo de retranca habrá que tener, vamos digo yo.


Hoy no me da para más...